Jueves 24 de abril, Fama se acaba.

Quedan pocos días para que el reallity show de Cuatro, Fama, finalice. Ayer salió una de las parejas más carismáticas y mañana saldrá otra, mientras Juan Carlos y Lorena ya están en la final. Será interesante ver como transcurre la carrera artística de estos chicos. Aunque si las cosas son como en el artículo de El País, que os reproduzco a continuación, las cosas puede que no sean como ellos las han imaginado.

Sin fama no eres nada
Los participantes en programas de telerrealidad viven las secuelas del olvido – Diez de ellos cuentan su experiencia
CARMEN PÉREZ-LANZAC – Madrid – 20/04/2008
Los acontecimientos sucedieron así: el 23 de abril de 2000, 10 desconocidos entraron en la casa de Gran Hermano (Tele 5), un nuevo programa del que estuvo pendiente toda España. Noventa días más tarde, la abandonaba el último de ellos, el gaditano Ismael Beiro. Se embolsó menos dinero que los futuros vencedores, 20 millones de pesetas, pero más fama que ninguno de ellos. Tres años más tarde, seguía colaborando en programas de radio y televisión. Vivía pegado al móvil, a un ritmo de locos, iba en moto de acá para allá… El 10 de mayo de 2003, le arrolló un coche. Traumatismo craneoencefálico. Pulmones encharcados. Fractura en cadera, tibia y peroné. Trastorno psicológico. El 24 de enero de 2004, aún con muletas, Beiro se enroló en La isla de los famosos, un reality que, como sabemos, consiste en pasar hambre y sufrir penurias lejos de la civilización (y de los hospitales). Fue una locura, lo reconoce. Pero nadie, excepto los médicos, le disuadió de hacerlo. Tampoco su representante, que se embolsaba el 20% de sus ingresos.
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“El peor momento es cuando las cadenas empiezan a apartarte”
Una ex concursante desobedeció a su pisólogo y salió en ‘Aquí hay tomate’
“Seis años después, todavía me parece que todo el mundo habla de mí”
Los productores de los programas seleccionan gente que de espectáculo
Hoy, Beiro (33 años) tiene buen aspecto, aunque no mueve bien un tobillo y ha perdido el olfato. Sigue viviendo a un ritmo frenético, pero ha cambiado la moto por un Volkswagen Polo. La televisión engulle, digiere y defeca, y Beiro está sudando la gota gorda para seguir aferrado a ella. Ha cursado un master en dirección de empresas audiovisuales, ha escrito una tesis sobre los contenidos para móviles, va a la escuela de interpretación de Coraza, ha estudiado guitarra, se ha hecho un book, sigue al dedillo la programación. En su mente hay un objetivo: televisión. Esta semana, ha hecho pruebas para interpretar a un personaje en una serie. Beiro es consciente de que lleva “Gran Hermano” escrito en la frente y de que eso le resta puntos. Es una losa sobre sus hombros.
El miércoles se cumplen ocho años desde que la telerrealidad entró en nuestra vida y sobre todo en las de sus cientos de participantes. El bus, Supervivientes, Confianza ciega, Estudio de actores, Operación Triunfo, Popstars, La granja, La casa de tu vida, Factor X, Libertad vigilada, Supermodelo, Fama, Hijos de Babel… Todos viven con las secuelas. Emociones fuertes, fama, fotos, fiestas, dinero… Y mucha enajenación. “Te conviertes en un muñeco de feria, pero estás en un ego tan grande que no puedes analizar la situación”, explica Íñigo González, de GH1, que ahora es periodista en Castilla-La Mancha. “Es como si tuvieras la cabeza llena de espuma”, corrobora su compañero de experiencia Koldo Sagastizábal, que ahora trabaja en Expedia, una empresa de viajes online.
Ania Iglesias, también de GH1, describe el proceso de desengaño con claridad: “Cuando sales nadie te toma en serio y pierdes parte de tu identidad. ¿Eres un famoso o el panadero de siempre? Luego, cuando llega la siguiente edición, o das escándalos y entras en el mundo del corazón, o las cadenas empiezan a apartarte. Ése es el momento jodido. Entonces te das cuenta de que te has convertido en un producto. A mí me costó una gran aceptación, pero es así: venimos de la mediocridad y, salvo excepciones, ahí nos quedamos. Ahora tengo una agencia de modelos (Glam Management), pero procuro no comparecer. Sé que me dan menos credibilidad”.
Nos lo hemos aprendido: la fama tras participar en un reality se va esfumando. Y cuando eso sucede, explica el psicólogo José Errasti, los concursantes tienen dos opciones, ambas malas: “O entran en un círculo vicioso que les obliga a seguir siendo famoso para mantener su nivel económico, o vuelven al anonimato, lo que provoca resentimiento y frustración”. Mónica Guerrero, de La casa de tu vida (Tele 5), es el ejemplo perfecto de ese círculo vicioso. Ella y sus padres se zambulleron en los programas de corazón. Nadie la obligó, pero dio carnaza, y eso le ha destrozado los nervios. Al teléfono, empieza a sollozar. “Han pasado cuatro años y todavía lo tengo todo dentro”. Alguien le sugirió que fuera a un psicólogo. Lo hizo, pero éste le puso como condición que se alejara de la tele. Poco después, la llamaron de Aquí hay tomate. ¡A la porra la terapia! “Y lo volvería a hacer”, avisa. “Nadie me contrata como profesora y mis agentes me han estafado. Necesito dinero”.
Roberto Ontiveros, director de siete ediciones de Gran Hermano, está acostumbrado a las críticas: “Me parece bien que nos preocupemos por los concursantes, pero no saquemos las cosas de quicio. Se les dicen las cositas muy claritas”. Enrique García Huete, responsable del equipo de psicólogos de Zeppelin, la productora estrella de estos programas, asegura que escogen a gente “fuerte, resistente a las patologías. Son como rocas; es difícil que el viento los bandee”. García subraya que cuando termina el programa ayudan a los concursantes a elaborar “estrategias para defenderse”, sobre todo a los que, como Mónica, fueron los malos oficiales de su reality, un formato muy dado a estereotipar. García recuerda que después pueden recurrir a su ayuda, “pero pocos lo hacen”.
Si usted sufriera algún tipo de trastorno tras pasar por un programa, ¿acudiría a la fuente del problema pidiendo ayuda? Rafael López no lo hizo. Su historia es demasiado increíble para ser verdad: era seminarista, abandonó el convento para “probar la vida”, alguien le dijo que era el candidato perfecto para GH y se apuntó. Participó en la cuarta edición. Cuando salió, comprobó que se mofaban de él. Se había convertido en un “personajillo”. “Me cambió la personalidad, me volví distante, triste, frío…”. Durante dos años recibió ayuda psicológica. Han pasado otros cuatro; ahora estudia Comunicación Audiovisual. ¿Secuelas? “No me las quito de encima. Ando mirando al suelo, lo paso fatal cuando me reconocen, me parece que todos hablan de mí”.
En dos años, ha habido un boom de los formatos que fomentan un talento (cantar, bailar, desfilar…). Los que “te abren las puertas para cumplir tu sueño”. ¿Es eso cierto? Sí y no. Naim Thomas participó en el primer Operación Triunfo (TVE). Cuando entró, tenía una carrera incipiente, había trabajado con Ventura Pons. Cuando salió, era famosísimo, sí, pero ese tipo de ofertas dejaron de llegar: “OT me abrió puertas cuantitativamente. Cualitativamente, me las cerró. Conseguimos fama, pero no prestigio”. Naim se marchó a Estados Unidos “para templar las aguas”. A su vuelta protagonizó el musical El rey de las bodas. Ahora es jurado de Madrid Superstar (Telemadrid).
Mayte Prieto tenía 17 años cuando entró en la primera edición de Supermodelo (Cuatro). Ahora se ha alejado de Elite, la agencia que representa a la mayoría de las concursantes. Ya no quiere ser modelo, sino maquilladora. Resume su experiencia así: “El programa me ha abierto caminos, pero no me gustó la idea que nos vendieron de la moda. Nos trataban bastante mal y he comprobado que la realidad no es así. Cuando salí, sufrí bajones emocionales, sentí que habían explotado mi imagen. O haces un programa de moda o un reality”. Supermodelo, por cierto, regresa esta semana con cambios: ahora es mixto y ha subido de 16 a 18 años la edad para concursar. ¿Motivos? “Los menores necesitan el consentimiento de sus padres y eso retrasa los castings. Además, son más maduros y saben mejor qué quieren”, explican.
Javián, de OT1, señala otro problema de los participantes: el desconocimiento. “OT no es malo ni te engaña, que conste que estoy encantado. Lo que sí pasa es que por ignorancia firmas contratos o aceptas cosas de las que te arrepientes. El tema Mi música es tu voz lo compusimos entre todos los concursantes. Un día, llegó un productor e hizo unos arreglos. Nos preguntó si nos gustaban. Dijimos que sí. Y se llevó el 50% de los derechos de autor. Eso, ahora, no lo aceptaría. En Sevilla doy clase en una escuela de artistas. Les explico qué es la SGAE [Sociedad General de Autores y Editores], la AIE [Sociedad de Gestión de España]…”.
Estos días, Operación Triunfo celebra su sexta edición. ¿Alguien sabe qué fue de los participantes de la tercera? ¿De la quinta? ¿Quién ganó el último Gran Hermano? Es evidente: los concursantes cada vez generan menos interés. Karen, una explosiva canaria que elevó el contenido erótico del último GH, reconoce que no se están cumpliendo sus expectativas económicas. “Me pagan 200 euros máximo por ir a una discoteca. Tengo un contrato de dos años con Telegenia [la agencia de representación de Zeppelin], que cobra un 30% de mis ingresos, pero apenas me ofrecen nada. Y en los castings no me toman en serio. Gran Hermano me ha perjudicado. Si lo sé, no me meto”.
Según Corporación Multimedia, la telerrealidad está en decadencia. En 2002 aportaba a la audiencia de las cadenas generalistas 4,1 puntos de cuota. En 2006, la cifra había caído a 2,2. El año pasado, a 1,8. Eso obliga a las televisiones, que nutren su parrilla de los contenidos de los realities (un formato bastante rentable), a buscar perfiles más tendentes al escándalo. El productor de un reality, que no quiere ser citado, lo reconoce: “Te piden que haya malos rollos, que se enamoren… Espectáculo”. García Huete, concede: “A veces entra gente que los psicólogos no hubiéramos recomendado, pero son los productores quienes hacen la selección final. Hay casos en los que hemos arriesgado un poco más”.
¿Se está arriesgando demasiado? La psicóloga María Jesús Álava opina que sí: “Se está sacrificando a la gente para conseguir grandes audiencias en función de historias que les pueden afectar. Viendo estos programas, uno se pregunta, ¿nos importa lo que les pueda pasar? Muy poco, porque sabemos que algunos son muy jóvenes para asimilar todo eso”. El tema no es baladí. En Estados Unidos, donde el formato nos saca años y grados de locura de ventaja, se han suicidado al menos tres concursantes. Najai Turpin, de 23 años, se metió un tiro en la cabeza después de que se emitiera el capítulo de The Contender que protagonizaba. Nathan Clutter, de 26 años, se lanzó al vacío tras ser eliminado de Paradise Hotel 2. Cheryl Kosewicz, de 35 años, se quitó la vida tras ser expulsada de Pirate Master. Al margen de estos casos dramáticos, lo cierto es que en Estados Unidos y el Reino Unido cada vez se habla más de “víctimas” de realities. En 2006, el artista inglés Phil Collins fue finalista al Premio Turner, que concede la Tate Britain, con su proyecto The return of the real, que consiste, básicamente, en oír a ex concursantes quejarse sobre su experiencia.
A pesar de todo, ni Mónica Guerrero ni ninguno de los entrevistados, culpa al programa: “El concurso no me ha engañado ni me ha puesto verde. Eso vino después”, explica ella, lo que resume el espíritu generalizado. Si les preguntas si se arrepienten, la respuesta es “no”. Ni siquiera los que lo han pasado mal. Si les preguntas si, de poder dar marcha atrás, volverían a participar, la cosa cambia: “Me lo pensaría dos y tres veces” (Ania Iglesias). “Con el propósito de ser modelo, no” (Mayte Prieto). “Supongo que no” (Mónica Guerrero). “Claro que no” (Karen). “Me lo pensaría muy mucho” (Rafael López). “Por supuestísimo que no” (Naim Thomas).

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